domingo, 24 de abril de 2011

Atrás

Cuesta dejar atrás las cosas.

Cuesta incluso dejar atrás cosas que uno quiere dejar atrás. Porque de alguna manera, aunque lo que dejes atrás sean traumas, complejos o tristezas; no dejan de ser tus traumas, tus complejos o tus tristezas. Y les coges cariño. Tantos años conviviendo y ahora ver que se quedan solos y desvalidos por el camino... Pues si uno es lo suficientemente idiota, le puede dar hasta pena. (ahí se queda mi luto emocional, allí quedó mi agorafobia, ¿con qué me angustiaré ahora?, ya no necesito a mi ex novio ¿cómo voy a vivir con esta autosuficiencia?) Aunque nuestra tendencia sea dejar atrás lo que nos lastra, hay una vocecita interior diabólica que intenta que te quedes donde estás, que no te deshagas de tus temores, sino que los alimentes con un biberón, y luego los acunes por las noches en vez de alejarlos. Pero esas vocecillas diabólicas acaban desapareciendo cuando uno deja de ecuchar repetidamente, porque también tienen su orgullo. A ver, cuando hablo de vocecillas no estoy diciendo que oiga voces, todavía mantengo cierto equilibrio psicológico, me refiero a esa voz interior que emite el lado oscuro del cerebro (anda, que lo estoy arreglando). Imagino que todo el mundo está permanentemente luchando contra sus pesadillas para acabar con ellas y viajer másl igero. Pero por alguna razón, cuesta mucho trabajo... Y si vas a terapia, cuesta, además, mucho dinero. Y si no vas a terapia, les cuesta a tus amigos mucho tiempo. A veces, cuando estás a punto de conseguirlo, cuando estás a punto de eliminar tus tristezas y arrancarte el desasosiego como si fuera una tira de cera pegada a la pierna, miras atrás y ves a tus traumas desamparados. Están tan solitos, en pañales, gimoteando, extendiendo sus brazos hacia ti y diciendo llorosos ''no nos abandones''. Pero si les hacemos casos y los alimentamos, los cuidamos y les damos incluso una buena educación, esos traumas se hacen grandes, se convierten en un tipo fornido, violento y malcriado que, a la mañana siguiente, se acerca a nostros dispuesto a darnos un puñetazo en la cara. Y encima no se va de tu casa de ninguna manera, se ha instalado en tu dormitorio, duerme en tu cama y come en tu mesa y no hace nada de provecho excepto arruinarte la vida. Por eso creo que al miedo hay que dejarlo huérfano, enterrado en el cementerio de los miedos. En ese mismo cementerio deberían acabar también las obsesiones, gélidas y desnudas, recorriendo asustadas las lápidas de otros compañeros. Allí tendría que quedar el sufrimiento, perdiendo lentamente el pulso entre cipreses centenarios. Y las pesadillas, desmenuzadas e inservibles en un oscuro ataúd. Y los traumas, acurrucados en un nicho preguntándose que es lo que hicieron mal para acabar asesinados por su dueño. Allí podríamos abandonar el lastre, cerciorándonos de que no sepa encontrar el camino de vuelta. Todo lo que nos paralice en la vida, acabará tarde o temprano en el cementerio de los miedos. Pero al salir de allí, cuidado, caminemos atentos y sigilosos... No conviene despertar a los muertos.


Por: Bárbara Alpuente.

jueves, 31 de marzo de 2011

Sístole

Sístole diástole. 300 pulsaciones por minuto rozando tu piel. Bombardeo, demasiados anuncios por todas partes...y hacer que te resbala. Mejor: que te resbale realmente. Tu colonia golpeando mis sentidos, la vida en un minuto. Una flor desamparada por el calor de mayo. Sol en mi espalda, lluvia en tu pelo. Demasiada gente en un autobús. Caricias al trasluz y vuelta a empezar. Flotar, por la mañana, en la espuma de un Capuchino. Revistas nuevas en el quiosco, mientas la última página de un adiós amargo no encuentra su punto final. Olor a pan recién hecho mientras entra el sol por la ventana. Dile que pase, que le esperamos hace rato, que pase... para quedarse, que vamos a cambiar cortinas y saltar en los sofás. La última siesta entre tus brazos.


La música nueva amansa a las fieras.

Desastres

Me quedo inmóvil, y ahí vienes tú de nuevo, cargado de desastres. Tu locura no levanta el vuelo del huracán que, antaño, removía las entretelas del instante. Pluralidad subrepticia en mitad de una monotonía acuciante en el mismo escenario donde restallaron las primeras sonrisas que guardaba en mi pupila. Y mis pupilas dilatadas en noches de un mar de dudas inútiles, que rebotan contra el muro más tonto de un parque abandonado. Dice una canción que todo cambia y sigue igual, y ahora no me da igual que sigan siendo, los hilos invisibles, cordeles de acero

domingo, 27 de marzo de 2011

Azul

Debemos, y digo bien ''debemos'', luchar por aquello que nos gusta, por aquello que queremos, por las personas que nos importan -que son, creo yo, bien distintas de las que nos exportan- porque alguien me dijo alguna vez que las personas que ya siguen con nosotros, por algo será- y las que tenemos en nuestro presente, porque mismamente son un regalo.


Tú eres un regalo, y eres mi presente, y por primera vez en mucho tiempo...me gusta este presente.


Digo debemos porque ahora hay un nosotros, y voy a luchar por él, por estar contigo...contigo diariamente.