jueves, 6 de mayo de 2010

Cuando el Sol se apague...



-Él: ¿a dónde vas?

-Ella: No lo sé.

-Voy contigo.

-¡No! Pero sí...no porque no debo quererte. Sí porque ya lo hago.

-¿Qué más da que debas o no? Yo he nacido para quererte. Hoy por hoy, estoy aquí para cuidarte, y no es una promesa.

Ella no pudo aguantar más y comenzó a llorar. Todos los pensamientos le aturullaban la mente y le impedían formar una frase coherente ¿acaso aquello lo era? Él no era conveniente, ¡nada lo era! Sólo quería irse a dar un paseo y despertar de esta dulce pesadilla, pero sabía que eso no serviría de nada. Él seguiría queriendo quedarse a su lado.

-¿Cómo seguirte sin atarme una piedra de molino al cuello y dejarla sobre un escenario que tarde o temprano cederá? -dijo ella.

-Si quieres te digo que yo ya llevo una piedra de molino atada alrededor del cuello, y se llama tu indecisión. Eso es cierto, pero simplemente te diré que me gustas. Te seguiré, y entonces haré que no ates ninguna piedra a tu cuello ni a ninguna otra parte de tu cuerpo: no te atarás a nada.

-¿Y qué pasará cuando deje de gustarte?

-¿Y qué pasará cuando el Sol se apague?

-No seas bobo...no ocurrirá.

-Tampoco a mí lo de tu pregunta, pero...cuando el Sol se apague, quedarán tus ojos.


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