sábado, 24 de julio de 2010

El mundo en tus pupilas

Llegados a este punto, a esta coma o a esta exclamación, me atreveré a contar mi secreto, mi gran secreto...y es que yo miro el mundo en tus pupilas. Te explicaré por qué: a estas alturas, ya sabrás que a mí no me gusta mucho el frío, así que decidí mudarme al Sur de tu cintura...y todo fue primavera por pocas flores que hubiera, porque a veces sucede que hay flores en la nieve. Sigamos...también decidí hacer reformas en mi mente para dejarte espacio suficiente. Allí te instalaste bien y yo...ocupé tu vida: era un cambio justo. Fuimos haciendo cada vez más acogedora la estancia y, entre horarios que reventamos al menos una vez al día, hicimos de la Tierra un cielo.

Tus ganas aumentaban trepando por mi cuello y la magia hizo acto de presencia vestida de Adonis celeste. Las mías bajando por tus caderas...y entonces el arte bailó un tango con la luna llena. Cuando, por el camino, nos encontramos, la luz estalló en pedacitos de brillo que se quedaron desde entonces en tus ojos y los míos.

Y ahora quiero pedirte algo: nunca dejes nada tuyo en mi casa porque, si lo haces, me acostumbraré a que estés allí, mirándome mientras te sueño...y sé que no será real; porque quiero salir a encontrarte con una rosa en la mano cada mañana, porque quiero cambiar tu café de las diez por mis besos de mora de la morería de la Calle de Enmedio, porque quiero jugar con tu corbata mientras tú te mueres de deseo, porque quiero bailar descalza en tu tejado a la luz de la luna llena.

Porque sólo puedo decirte que, si se apaga el Sol, quedarán tus ojos.

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