domingo, 11 de julio de 2010

Las nubes fueron sábanas

Era una noche sin luna. Tampoco es que hiciera falta de testigo ni de alumbrado, pues yo podía dibujar su cuerpo con los ojos cerrados. El viento hacía tiempo se había despertado y el deseo no tardaría mucho en hacerlo. Nuestros labios de acercaron y entonces comenzó el juego. Entre besos y mordiscos, comencé a desabrochar el primer botón de su camisa y poco a poco él fue haciéndose con cada centímetro de mi cuerpo. En aquel momento, me alegraba de que fuéramos simples mortales y no ángeles: prefiero manos a alas, pues tampoco hacían falta las últimas para volar. Como la peor de las caperucitas, mi lobo y yo fuimos entrando poco a poco en territorio prohibido, hasta acabar devorando la manzana mientras mis manos recorrían sin pausa la suavidad de su piel. Acabamos enredados sobre la hierba, y mientras nuestros corazones latían desbocados, nuestros cuerpos buscaban el ritmo cadencioso que hizo acallar a los sonidos de la noche: parecía que todo el bosque se había detenido ante nuestra danza. Nos vertíamos en deseo con cada caricia, con cada beso… y fundimos la dualidad en uno.

Mi abrazo le convirtió en rey aquella noche; me acarició la curva de la frente, la mejilla, la suave piel de mi garganta y dejó descansar la mano sobre mi corazón.

-Ven conmigo… -dijo él.

Sin decir nada, me volví entre sus brazos y le besé. No me di cuenta de que estaba llorando hasta que él me secó las lágrimas. Mi amante también se había quedado sin habla, pero nuestros cuerpos se comunicaban con una elocuencia que no necesitaba palabras.

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