jueves, 12 de agosto de 2010

Inédito

Te voy a decir esto tan solo una vez y no te lo voy a decir más.

Así hubiera comenzado mi discurso si no hubiera decidido guardar silencio aún no sé con qué finalidad. Puede que lo guarde amablemente en mi recuerdo ante desavenencias futuras aunque, en caso de producirse éstas, no sé en qué medida las aliviarían mis palabras si los oídos que escuchan ya no me creen. No sé si esperar que eso no pase, porque quien espera desespera. En cualquier caso, ametrallar palabras de esa índole no serviría de mucho salvo para desmantelar mi cabaña, mi espacio de intimidad, oquedades a las que no debe llegar la luz de ojos ajenos, las que debo guardar en lo más profundo de mi ser, porque si tus ojos llegaran a tal especial lugar, estaría perdida…todo habría acabado pues mantengo que, para querer seguir relacionándose con alguien, es imprescindible cierto misterio. No hay nada de morboso en ello, pero puesto que la ciencia ya es capaz de extender nuestro pellejo y conocer cada milímetro de nuestro cuerpo, labor nuestra es que nuestro interior quede un poco al margen. Si lo supieras, te mataría (en sentido figurado): mi mente ya no tendría sorpresas para ti…y aún me gusta demasiado tu sonrisa cuando te descubro algo nuevo.

Además, no quiero hacer yo todo el trabajo y, al fin y al cabo, tengo que reconocer que, a estas alturas, indiferencias sutiles me atravesarían como dardos, dardos envenenados que no quiero crear.
Así que, francamente por lo susodicho, prefiero callar.

Un secreto vale lo que aquellos de quienes tienen que guardarlo.

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