jueves, 12 de agosto de 2010

Maltrataste mi recuerdo

Ella habíase dignado a ver su mensaje en el móvil y, por primera vez, sintió una extraña y casi imperceptible punzada aguda por él después de tanto, después de tantas noches en vela mirando hastiada la luna, después de haber buscado en otros brazos extraños su ahora –y desde hace tiempo- ausente abrazo, después de haber bebido lágrimas que la ahogaban continuamente, después de haber buscado su olor a la luz de las farolas…después de todo eso, un atisbo de pena atracó en su corazón sin que llegara a imprimirse en su rostro, en donde ahora sus ojos buscaban su abrigo y su bufanda: iría a buscarlo.
Y fue una ardua búsqueda por caminos que albergaban ahora ilusiones desvencijadas, pasados abrazos ya rotos, y unas huellas de ángel en el tímido rastro de la nieve de un lejano invierno. Buscó cerca del paseo marítimo pero pronto se alejó de aquel lugar encharcado de nuevas y ajenas ilusiones y relaciones que no acaban de empezar, esa parte tan bonita. Casi mareada, se apartó de allí y continuó buscando…Nada de rastrero había en su paso sino que, más bien, la compasión era quien se había alojado allí; la venganza no era su estandarte y no tenía por amigo al rencor, sólo quería seguir buscandole para encontrarle…

Así, miró por los tugurios de la zona Oeste y, en un pub algo destartalado, al fin lo vio: a media luz, encorvado todo él mirando un vaso vacío al que le preguntaba por qué todo se acaba…aún sus labios cálidos por el por el alcohol destilado parecían moverse llenando el rincón de por qués que se instalaban a su lado en aquel sillón rojo. Ella lo miraba fijamente, sin saber si acercarse o volver por donde había venido pero, de la misma manera que no podría deshacer sentimientos, tampoco consentiría desandar toda esa búsqueda después de que la humedad de aquella noche le pesase en los bolsillos.

De pronto él, como si hubiera escuchado tales pensamientos y tras haber pedido otra copa, levantó la vista y, sin poder aguantarla mucho tiempo la mirada, topó con sus ojos…Parecía que todo había quedado dicho con esa mirada: como si él hubiera entendido el daño. Ella, vislumbrando su pesar en el apagado de sus ojos, avanzó desde la puerta hasta el rincón donde estaba él aferrado a su copa, empequeñecido…aunque tal vez siempre lo había sido.
Fueron unos pasos con plúmbeo ritmo; podría haber sido un túnel del tiempo pero ambos sabían muy bien dónde estaban…una aparente normalidad paseaba por allí pero, desde sus miradas, todo a su alrededor se había nublado. Ahora sólo estaban ellos dos y, por fin, ella comenzó una inimaginable conversación:

-Maltrataste mi recuerdo, lo ajaste con tu indiferencia, lo apartaste de ti con una frialdad de mármol, lo envenenaste con cada beso ajeno, y es que…yo estaba en él. Prendiste mis lágrimas, que arrasaron mis mejillas mientras el más gélido frío me envolvía. Como un bicho caí en tu tela de araña, una tela indiferente para ti. El eco de tu portazo resonaba en mis oídos y nada podía oir…me heriste.-dijo ella con voz firme.

El rencor no la dominaba pero sí quería que él supiera todo eso, si es que nunca había pensado en ello.

Él pensó, como otras tantas veces, su enorme error. Aunque hubiera recorrido medio mundo tratando huir de ese pensamiento su conciencia, esta volvía para recordárselo… “¡dichosa conciencia!” podría haberle acompañado igual cuando estúpidas ocurrencias nublaron su mente y tomaron las riendas de su voluntad. No había perdón para él. El cielo no entendió por qué se fue, marchitando la primavera, volcando un invierno siberiano –tan distinto a los que habían vivido juntos- …por fin acertó a decir algo que no podía negar:

-Yo te amaba.

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