viernes, 20 de agosto de 2010

Nuestros yos

Estamos tan acostumbrados a que nos llamen de múltiples maneras sin usar nuestro nombre, que cuando lo oímos nos resulta un tanto agitador. Nos llaman illa, tía, tonta, cari, la niña…en un continuo mecer por el mundo que nos adormece de nosotros mismos. Nos traslada, desviando el centro mismo de nuestro ser, a otro lugar, a un ahí afuera que se nos antoja menos hostil, que no nos fustiga con rutilantes dudas, pensamientos, cuestiones irresolutas cuya respuesta sólo nosotros sabemos dar. Nos complace di-vertirnos en un porcentaje que deja todo el exterior regado de nuestra presencia –que se hace más efímera aun si cabe- mientras que en el interior todo queda sutilmente aplacado con nuestra ausencia…aunque afortunadamente a veces nuestros sentidos incitan al alma para que nos recuerde que allí también hay trabajo que hacer.
No llegamos a conocernos cuando ya sabemos todo lo necesario del sitio al que vamos cuando salimos para la act. antes mencionada. Huimos de nosotros mismos y, cómo no, nos agita oír nuestro nombre porque nos recuerda a dónde deberíamos volver…y nos revolvemos como cuando un chiquillo no quiere volver a casa después de la feria.Preguntas irresolubles nos hacen huir aún más, pues lo opiáceo de lo tangible se alza frente a la divagación de lo abstracto; al fin al y cabo, a nadie le gusta remar solo.

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