miércoles, 11 de agosto de 2010

Tocanarices

En mi periplo estival por la playa, he tenido la fantástica ocasión para clasificar definitivamente la fauna de veraneantes que allí pulula. Y, tras el bien merecido primer puesto en la escala de perpetuidad del dominguero común –también conocido como tipical sundaying- está, cómo no, el tocanarices, aguafiestas o, más fácil, el que siempre da por culo quejándose por algo.
Y es que este inmisericorde espécimen desempeña la grácil tarea de fastidiar a todo ser cívico con el que se cruza y que intenta pasar el tiempo. Ardua labor la de éste, que lleva a cabo riñendo a dos niños que juegan a las palas, lanzando espoletas contra un grupo de chavales que juegan al futbol, repudiando a cualquier ser infantil que hace agujeros en la arena y recriminando a sus padres; levantando testimonios de locura frente al niño que, por tirarse al agua, salpica; y la tarea a la cual dedica mayor esfuerzo y decibelios a la hora de quejarse así como argumentos que podría refutar yo fácilmente: condenar a voz pópuli a cualquiera que vaya con su mascota a la playa así como al susodicho animal.
Una de las más utilizadas contraindicaciones es que “no se puede llevar un perro a donde hay personas bañándose”.
A esto responderé, sin esforzarme mucho, que dada la extendida costumbre de la población de realizar parte de sus necesidades fisiológicas en el agua por cercanía, casi prefiero que el responsable dueño refresque su mascota, que apuesto a que está más limpia que muchos de los que se bañan aquí. Si bien con esto no convenzo, diré entonces a estos individuos tan “cultivados” y concienciados por el medio ambiente que, en la playa, el agua está en movimiento y se renueva constantemente.

Así que, siempre y cuando el dueño no consienta que su cánido ensucie la arena con regalitos antipersona y aquello no parezca la piscina de Lassie,… ¡al agua perros!

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