lunes, 6 de septiembre de 2010

Las noches largas

El concierto al que no fui. El beso que no di. Las estrellas que no vi. Las noches se hacen largas cuando pienso en el pasado, cuando éste se acuerda de mi zarandeándome sin dejarme dormir. Y, allí en mi cama, que ya conoce estos desiertos a deshoras, todos mis impulsos se sosiegan cuando mis ojos ven el tren que vi partir. La almohada ya no me contesta y sólo alberga el eco de la lluvia pues tu risa hace tiempo que ya no pasa por allí. Y la mía...no sé, porque aún no he aprendido a reír cuando lloro...sólo aquella vez en la que ni un paraguas ni la lluvia eran capaces de frenar aquellos besos que, más tarde se perderían o irán al lugar de los amores rotos.

Dando vueltas sin poder dormir, muy de cuando en cuando encuentro un sitio fresco y entonces deseo con más fuerza que amanezca cuanto antes, que la oscuridad desaparezca, que el sol venga en mi busca...a salvarme de un tiempo donde el reloj vuelve hacia atrás, de un espacio donde no hay colores y las sombras reposan en los rincones... Dormir por no pensar.

Pero es que mis párpados reptan por la noche sin parar y, entretanto, mi mente allí va...como un domingo que ya huele a lunes para deambular por instantes de un calendario viejo. Instantes de un principio, o de un final. No, de un intermedio. Tampoco: instantes lejanos, sutiles destellos que cobran vida como las sombras tras un biombo iluminado ahora por no sé qué luna traicionera en un baile en el que ocupo el papel de quedarme sentada recordando cómo se fue todo.

Despuntan luces allá por donde la tierra y el cielo se unen, y entonces yo me aferro a un nuevo día, esta vez con más fuerzas porque lo bueno y lo malo sólo depende de cómo lo veas tú: dos polos cuyo calibre está por definir.

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