sábado, 4 de septiembre de 2010

Los ángeles también duermen.

Una bonita historia:


Dicen mis amigos que soy un chico seductor, pero yo no lo creo. No soy Don Juan Tenorio en ninguno de los sentidos. Yo nunca he bebido champagne ni me pongo camisa los jueves. No voy a cenar al Palace ni soy un galán peliculero...pero entonces llegó Ella. Y como el coyote y el correcaminos estaba para que me viera, porque sólo hay una cosa peor que el hecho de que no sepa que tú existes, y es que ella no exista. Ya os podeis imaginar cuan duro fue sorprenderla...o más bien que mis planes salieran bien.

Pero no me rendía, mi piel de coyote era toda suya sin tan siquiera haberla rozado. Y es que podría quedarme mirándola para siempre, acariciando su pelo, deslizando mi mirada por sus largas pestañas para descender a su nariz esbelta y ligera, porque sus labios son de caramelo. Un cuello fino y erguido une su preciosa cabecita a su adorable cuerpo, cuyos rincones yo estaba decidido a embrujar. Como un explorador novel, quise hechizarla como me había hechizado a mí con un magnetismo único, que sólo afectaba al imán negativo... Sí, siempre se me escapaba dejándome sin luz, sin ganas, y es que quizás la piel de un coyote fuera demasiado poco -pensé.

Pero, después de un brazo roto junto con dos costillas, un esguince, alguna que otra alergia alimentaria y habiendo comprendido que sólo siendo yo podría hacer algo real, aquí estoy...sentado al ordenador escribiendo esto lo más delicadamente posible para escuchar mi melodía favorita: su respiración cuando duerme.

Porque sí: los ángeles también duermen.

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